Del otro lado del Rompecabezas

Calculo que ser padre debe ser extremadamente difícil, más cuando los críos vienen en número. Mi padre tuvo e hizo un gran trabajo como tal criando a 4 criaturas. Mucho esfuerzo y mucho amor hicieron de la tarea un camino más provechoso. Ahora me pregunto cuál era su intención final al inculcarme un absurdo gusto hacia armar rompecabezas. Quizás habría pensado que me volvería una persona más paciente, lo cual logró. O de tanto mirar las pequeñas piezas agudizaría mi memoria fotográfica lo cual logró a medias.

O simplemente para mantenerme ocupado y que no rompa las bolas, lo cual también logró con gran éxito ya que a mi me encantaba y me encanta jugar con ese sinfín de piezas de siluetas extravagantes. Me reconozco muy bueno en eso, supero al resto de mi familia ampliamente y me codeo con los grandes a nivel barrial. Disfruto tanto que hasta averigüé por Internet si te pagaban por armar rompecabezas y si existía algún campeonato mundial de tal disciplina.

No te pagan y si hacen campeonato mundial de rompecabezas pero estoy en desacuerdo con la organización del mismo.

Teníamos un montón, creo que más de 20, siguen ahí guardados para cuando se me empiece a complicar conciliar el sueño por las noches. De muy chico armaba uno de 100 piezas de las tortugas Ninja, piezas grandes, lindas, cómodas para manos torpes. Pasé a los de 250, castillo, moto y cohete. Los de 500 ya tenían otro color y los de 1000 ya era todo un reto. Tenemos uno de Star Trek horrible, tan feo que lo armamos una vez sola, feo y difícil.

Y uno de un niño dándole una inyección en una farmacia de los años 50´ que nos encantaba. Ahora están todos juntos en esos lugares de la casa donde nadie asoma el hocico y la capa de tierra se vuelve a formar inmediatamente después de pasar el trapo.

Pero había uno en especial que poseía un paisaje maravilloso, lo armamos cientos de veces, era difícil pero divertido. Era un lugar soñado, montaña junto al mar, casas de colores, botes en fila, sol radiante y agua transparente.

Como no construir nuevamente una y otra vez aquel panorama que daba a los sentidos nuevas formas que interpretar y así nuevas sensaciones.

Lo que tarde cuenta me di, fue donde quedaba ese lugar, no se porque previamente nunca lo había visto, quizás estaba tan sumergido en su belleza o en el trajín del juego que no me dió tiempo a prestarle atención a los descoloridos costados de la caja. Pero allí estaba, Riomagiore, Cinqueterre.

 

Una mañana de mucho calor llegué, desde Firenze a la Spezia, y de ahí un tren más, de 20 minutos, y finalmente allí estaba. Caminaba por los pasillos de entre las casas tratando de llegar a la costa y me sentía como un explorador a punto de descubrir las ruinas más imponentes del mundo. Ya sabía dentro de mí que algo hermoso me estaba por suceder, que iba a cumplir un sueño más dentro del gran sueño. Me sentía un niño nuevamente, esa emoción inocente, auténtica y cristalina.

Allí estaba, con el corazón extasiado, emocionado y palpitante. Con miles de ojos en mi haber para poder captar cada mínimo detalle, como ya lo había hecho tantas veces, pero ninguna tan real e intensa.

Estaba dentro del rompecabezas que tantas veces había armado y disfrutado, ahora yo formaba parte del mismo. Me resulta increíble esa pura sensación.

El lugar era absolutamente hermoso, tal como la caja me mostraba. Una belleza destellante, todo combinaba con todo con una perfección casi natural.

La transparencia del agua con la textura de las rocas, la inclinación de las laderas con la coloración de las casas, la espesura del aire con la claridad del cielo y la inmaculada belleza con el corazón de un niño.

Y frente a semejante cuadro el niño se preguntó, cuándo fue que nos empezamos a tomar la vida tan enserio? Cuando dejó de ser todo un juego tan divertido para transformarse en un sinfín de preguntas indescifrables? Cuándo fue que nos empezaron a importar demasiado las reglas y nos olvidamos de reírnos cada mañana? Si total, la vida es como un rompecabezas, el único propósito tangible es el continuo, leve y sereno armado, enfrentarse constantemente ante las miles de posibilidades y si se llegase a terminar alguna vez, siempre termina descansando en una caja, en un lugar oscuro, hasta vaya uno a saber cuando.

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